Fotografía terapéutica

Hace ya mucho tiempo que el acto de fotografiar se convirtió en una forma de encuentro conmigo mismo y con el mundo, como si a través de la imagen consiguiera certificar mi propia experiencia de vida. Cuando reviso mi evolución como fotógrafo percibo claramente un itinerario en el que el entusiasmo inicial por la técnica se ha ido desvaneciendo, y en su lugar surge un claro interés por aquello que es fotografiado, por el otro. Hay un paralelismo claro con mi propio proceso personal: he ido transitando del conocimiento y el puro aprendizaje, desapasionado y frío, hacia un modo de estar en la Vida en primera persona, creando, interaccionando con el otro, viviendo en definitiva.

En el acto de fotografiar hay para mí un genuino interés por las cosas tal como están, por cualquier cosa que sienta que necesito registrar, incluso aunque represente el dolor o la fealdad, porque también eso forma parte de la vida. En ese gesto cómplice estoy indicando: “mira mi visión de la realidad”, y el observador me responde: “ésta es la mía”. Pero esa fotografía no sólo registra lo que está ocurriendo en el instante de la captura, también oculta (y contiene) aquella parte de la realidad que no se ve, o no se desea que sea vista. Esa fotografía que yo hice preserva un momento del tiempo y revela un corte transversal del suceso o sucesos que estaban produciéndose en ese instante y es, en última instancia, una evidencia de que existió el suceso fotografiado. Lo fascinante del asunto es que esa diminuta porción de experiencia aún existirá una vez concluida, otorgándole una especie de inmortalidad más allá de mí mismo o de mi intención inicial.

Por otro lado, creo sinceramente que frente a la verbalización, la racionalización y los procesos intelectuales, que en última instancia no son más que estrategias de autodefensa, el uso catalizador de la fotografía supone una excelente oportunidad para explorar el inconsciente, en tanto que ayuda al paciente a reconocer sentimientos, fantasías y expectativas, al tiempo que le permite mostrarse menos a la defensiva cuando se encuentra dentro del ámbito de lo visual. Considero que aunque los sentimientos, pensamientos y fantasías se expresan verbalmente como reacción ante ciertas fotografías, su impacto visual ayuda a eclipsar en cierto modo el repertorio defensivo que subyace tras la racionalización.

 

Por tanto, considero la FotoTerapia como un espacio intermedio entre el mundo interno y la realidad exterior que tiene lugar en el contexto de la relación transferencial, un “espacio triangular" en el que intervienen el paciente, el terapeuta y el producto fotográfico como objeto de elaboración y de simbolización.

 

Desde mi punto de vista, y según mi propia experiencia, cabe señalar las siguientes ventajas que reporta el recurso de las imágenes fotográficas: evoca estados emocionales, facilita la expresividad verbal, promueve la socialización, fomenta la expresión y creatividad, aumenta la comunicación entre paciente y terapeuta con los consiguientes cambios terapéuticos, evidencia experiencias significativas y genera espacios de auto-confrontación, estimula la afectividad y facilita la exploración de áreas sensibles (la sexualidad, el duelo...), permite trabajar a través del conflicto favoreciendo el acceso hacia experiencias reprimidas, ayuda a reflejar y monitorizar cambios y progresos en el propio proceso terapéutico y en última instancia, promueve un mayor darse cuenta.

 

Si deseas conocer algunos de mis proyectos vinculados a esta forma de trabajar la fotografía, y también los de otros autores interesantes, te invito a que visites mi blog Fototerapeutica. También puedes visitar mi página en Facebook o la web Taller de Fototerapia para estar al tanto de mis próximos talleres u otras actividades.


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